Con ocasión de cierta celebración familiar relevante tuve la oportunidad de viajar a Nueva York en abril de 2005. 8 días en la Gran Manzana fueron suficientes para quedar prendado de sus encantos para los restos.
La ciudad tiene muchos atractivos. Basta revisar cualquier guía de viajes para saber todo lo que se puede hacer en ella. En realidad en NY se puede hacer de todo. De hecho, los neoyorkinos presumen de que el visitante puede pedir cualquier cosa, que en 24 horas la localizan en la City o es que no existe.
También soy fan de algunos iconos culturales del lugar. Paul Auster y Woody Allen me parecen tipos muy brillantes en lo suyo. Ambos tienen a la ciudad como musa para sus creaciones y escenario en el que se desarrollan prácticamente todas sus historias (al menos hasta que al bueno de Woody le sedujo el vil metal y se largó a Londres a rodar Match Point).
Pero lo que de verdad me enamoró de NY fue el parque. La ciudad más impersonal, cosmopolita y multirracial tiene un pulmón verde enorme en el que, al entrar, a uno le parece que el tiempo se detiene, las calles dejan de rugir, las prisas y el stress del gran Manhattan desaparecen, la gente pasea, toma el sol, se sienta junto al lago a leer. Y corre. Miles de corredores comparten avenidas con patinadores, ciclistas y paseantes. NY no sería NY sin Central Park. Y en Central Park termina el sueño de 90000 finishers cada año. Cada primer domingo de noviembre el New York Road Runners Club coloca ahí la línea de meta de la carrera que todos los corredores populares tienen en la cabeza alguna vez en su vida: el Maratón de Nueva York.
Algunos de los habituales de este garito han corrido hoy ese maratón. Todavía no sé cómo les fue. Ellos cumplieron en cierto modo ese sueño de corredor popular, estoy seguro, como en su día lo hicieron otros muchos que como ellos subrayaron esa carrera con rotulador fluorescente en su calendario. Otros vamos a tener aún que esperar. Seguiremos soñando con entrar en el parque trotando, escuchar los gritos de todos esos fans que se agolpan en las gradas de mecanotubo montadas a ambos lados de la recta final, y cruzar esa línea de meta con la mejor de nuestras sonrisas, los brazos en alto como mandan los cánones y alguna lagrimita resbalando por la mejilla equivocada.
Un recuerdo especial a todos los que hoy os habéis enfrentado a la gran distancia. También a los paquetes que seguramente serán ya ultrapaquetes. Yo salí a trotar esta mañana, y la mayoría de mis pensamientos fueron para vosotros. Y los que no, se los llevó NY.

