Me resulta especialmente difícil encontrar las palabras adecuadas para contar lo que viví esta semana. Por mucho que busque supongo que jamás voy a poder ser lo suficientemente explícito porque hay cosas en esta vida que sólo se pueden describir someramente. Son ese tipo de situaciones que hay que vivir sin más con la mayor intensidad posible, y guardarse para uno todas esas emociones. La madrugada del domingo al lunes nació Carlota.Fue un parto relativamente largo, porque entramos a por ello a las 20.30 y la niña no rompió a llorar en brazos de su madre hasta las 3.17. En ese tiempo pasé por lo que supongo que son todos los estados del padre primerizo en el paritorio: muy nervioso al principio, tranquilo y colaborador durante los momentos de la verdad y llorica desconsolado en cuanto vi la estampa de la pequeña sobre el pecho de su madre.
Lo más importante es que Carlota llegó cargada de salud, con 3'670 kg. y 51 cm., y que la madre no tiene más secuelas que las molestias propias de los puntos que le cierran las heridas de guerra. Desde el lunes, dormir hemos dormido poquito, lo de salir a correr es por ahora poco menos que una quimera, y no, no renuncio al maratón de Barcelona. A ver si la semana que viene me calzo las zapas y troto los primeros kilómetros de papi.
Agradezco en sobremanera el interés mostrado por todos y todas, lectores y comentaristas de esta página y amigos en general. Los que hayan pasado por ello sabrán, seguro, a qué me refiero. Los que todavía tengan esa cuenta pendiente tienen desde aquí todo mi ánimo. Personalmente, cuando vi a Carlota por primera vez me vino a la cabeza algo que le leí a Randy Pausch sobre su hija pequeña. Randy esperaba sin quejarse a que un tumor se lo llevase y sólo le tenía un reproche a la vida: que su pequeña no lo iba a recordar. Pidió a los suyos que, en el futuro, le contaran a la niña una cosa: que él fue el primer hombre que se enamoró perdidamente de ella.
Gracias, salud y buenos rodajes a todos.




















